viernes, 19 de octubre de 2012

Hacía frío. Sentado al lado de la puerta sentía el frío de fuera cada vez que entraba alguien. Al entrara un pareja, se asomó y vio que ya era de noche. Volcando de nuevo su mirada en la copa casi vacía agachó la mirada hacia su muñeca y resopló. -¿Cuánto ha sido hoy jefe? - 20, compañero, ¿hoy venías con penas eh?
Se limitó a soltar una sonrisa amable y a soltar el dinero sobre la barra. Levantándose despacio, para no marearse, se dirigió a la puerta, donde se chocó con otro cliente que entraba. Éste llevaba un sombrero negro, que se quitó al entrar. Molesto por el choque el señor del sombrero echó una mirada hacia abajo intentando encontrar el rostro de Markus, pero este se escapó rápidamente, como si le urgiera prisa por algo. 
Al contrario, al salir del bar, se abrochó el chaquetón y metió las manos en los bolsillos, con la suerte de hayar un paquete de cigarrillos, lo abrió y buscó el mechero. Al encenderlo, sintió como su pecho se calentaba y sus nervios desaparecían poco a poco. Mantenía el cigarrillo con la boca porque quería conservar sus dedos calentitos. Lentamente el bar de Andriew iba desapareciendo entre la oscuridad de la noche y Markus se adentró en una calle oscura. No, no sentí ningún tipo de miedo. Tenía todo lo que necesitaba para remediar ese absurdo sentimiento. Conocimiento en artes marciales, defensa personal y unas ganas tremendas de pegar a alguien. Pero por suerte, nadie se cruzó en su camino. Dobló a la derecha en la segunda calle, en la esquina se encontraba su querida amada. Su querida, que siempre le esperaba paciente, lista para hacerle feliz, surcar el viento juntos y alcanzar velocidades que hacían palpitar su corazón como ninguna mujer lo había hecho. 
Sí, su moto. Se acercó cuidadosamente acariciando el cuero del asiento acercando su mano a la abertura para sacar el casco. Suavemente cogió su preciado casco y se lo colocó en su cabeza abrochándose fuertemente, casi tanto que le iba a hacer rozadura en la barbilla. Antes de meter la llave, acarició el manillar y se miró al espejo. Nunca se veía mejor que con su casco, en ese espejo. Se veía a sí mismo, como a él le gustaba ser y como quería llegar a ser en el futuro. Buscó en su pantalón y sacó la llave del bolsillo trasero. Cuidadosamente, sin rallar ningún borde, la introdujo. Antes de girarla, rozó suavemente el llavero con sus manos. Le trajo recuerdos de unos tiempos preciados y bonitos. Era un chico soñador, aunque antes que sentir dolor prefería abstenerse a sus pensamientos. Tiernamente se dibujó una sonrisa en su cara y hizo el giro de muñeca que definitivamente arrancó su corazón. Sentado ya sobre su querida amiga, la desató del suelo y despegó hacia la libertad. Unos segundos, no pedía más, el viento en la cara, entraba por el casco enfriándole las orejas, ver pasar rápido los árboles que dejaba atrás. Era libre. Elevó su cuello hacia el cielo, manteniendo firme sus manos en el manillar y respiró hondo. Así que esto era la felicidad. Parecía que había pasado tanto tiempo. Esa sensación le supo a brisa de verano, a agua fría sobre la cabeza para aliviar el sudor, a esa sonrisa, a el primero beso, a la primera vez que la vio y supo que sí, que era ella. Markus a veces sí se dejaba llevar, se lo causaba esa sensación. Ahora tenía a alguien muy especial de sólo dos ruedas. Era feliz así también, lo que no sabía era cuánto iba a poder durar. 

3 comentarios: