Era la nublada mañana de un mes cualquiera, en cuya inocencia e indiferencia se mostraba más representada que nunca. Me diste las gracias, me calmé. Estaba locamente enamorada de ti. Nada iba a cambiar. Por una vez en mi vida estaba segura de que nada podía ir mal. Tenía las fuerzas suficiente para hacer todo. Gracias a ti. Sólo le tenía miedo a una única cosa. Esta la guardaba siempre en mi corazón pensando que nunca pasaría, no tenía sentido, no había motivo alguno siquiera para que ocurriera. Me dolía el pecho sólo de pensarlo. Dolor.
Unos días pasaron. Sin avisar, sin previa advertencia, me golpeaste. Me soltaste un puñetazo en el estómago. Dolía bastante, no sabía que significaba, ni por que lo hacías. Pero aun así decidí no hacerle caso. Mas tarde, esa misma semana, llegó la verdadera paliza. Me propinaste una patada en el pecho, un puñetazo en la boca, en el ojo, me pisaste las manos, me aplastaste la cabeza contra el suelo y más tarde, me rompiste una costilla. Dolía, y mucho. Pero no quería echar nada a perder. Me levanté y en silencio, lloré, proyectando una sonrisa inocente. Pero eso no fue suficiente, volviste. Volviste a terminar con tu trabajo. Esta vez me cogiste desprevenida. Cogiste tu más oxidada arma y la acercaste a mi cuello. Pero bajaste lentamente hasta la altura de mi pecho. Clavaste bien hondo el cuchillo y mas tarde lo retorciste hacia la derecha. Sangraba, mucha sangre. Pero no podían salir palabras de mi boca. No tenía voz. Ni voto, eras mi dueño. Me miraste a mis morados ojos y sin apartar la mirada seguiste rajando hasta llegar a mi ombligo. El afilado y oxidado cuchillo cortó mi piel y mis órganos interiores, dolía tanto que sólo quería que se pasase, quería despertar de esta estúpida pesadilla, quería despertar de un salto en mi cama, con la cara empapada y pensar que ya todo había pasado. Pero por mucho que lo intentaba no podía. Sacaste el arma de mi cuerpo y me desplomé en el suelo, parecía que nunca acabaría de caer. Pero lo hice, me caí al suelo bruscamente y elevé una mano y con ella rocé mis heridas, levanté la cabeza y vi aquel desastre. Mi cuerpo, mi corazón, mi alma, todo, todo estaba roto. Dolía mucho. Muchas ideas pasaron por mi cabeza en ese momento. Como me curaría esto? Por que me pasa? Que ha pasado? Como ha pasado? Con un último esfuerzo por poder contestar a estas últimas preguntas, levanté mi cabeza y te miré como pude. Llevabas en tu mano, el cuchillo ensangrentado de mi sangre y tus manos temblaban. Tu mirada asesina, sin embargo, no me dio miedo. Pensé en todo lo que pasamos, todo lo que me diste, y recordé. Yo sabía que él era así, yo lo sabía, nunca lo dudé. Ni lo intenté esquivar u ocultar. Por eso, me levanté, agarré fuertemente mi herida con una mano, y con la otra, te toqué la cara. Te sorprendiste. O eso me pareció ver en tus ojos. Por un segundo, pude ver tus pensamientos. Fue como una visión de tu cabeza, tus recuerdos y de tus ideas. En ellas se reflejaban sentimientos de culpa, dolor, inseguridad y amor. Aunque tu cara mostrara lo contrario, yo lo vi. Lo vi. Y entonces me pregunté que dos caminos podría elegir. Uno de ellos podría ser marcharme y dejarte con tus sentimientos a solas y otra podría ser besarte y no dejarte ir y arriesgarme a morir definitivamente. Elegí la segunda, la que me dictaba lo que quedaba de corazón. Solté mi herida y aguantando el dolor, le cogí de la cara con las dos manos y le besé, le besé como nunca antes lo había hecho. Fue el beso entre los besos, el mas profundo, el que tenía mas sentimiento y el que mas significó. Sus pupilas encogieron y al bajar su mirada hacía mi abdomen, soltó rápidamente el cuchillo. Resonó en el suelo, como si de un cristal se tratase. La sangré salpicó mis piernas y me provocaron un escalofrío. Que pasaría ahora? Arrancaría mi corazón de cuajo? O no? Que pasaba? Que iba a pasar? Me pusiste tu sangrienta mano en mi hombro y nos sentamos en el suelo de rodillas. Me miraste, cogiste el cuchillo y lo empuñaste contra tu pecho. Lo sacaste bruscamente haciendo que la sangre salpicara de nuevo mi cara y me dijiste: -Todo esto es por mi culpa! No te pido que me perdones, te pido, algo más. Por favor, sálvate. Si lo consigues, no vuelvas conmigo. -Nunca te voy a dejar, yo me voy a curar, pero que será de ti? Tu no eres como yo, ya no volverás a vivir. Por que lo hiciste? - Nunca pensé que podría hacerte tanto daño, pero lo hice. Nunca pensé que podría aguantar verte así, y en efecto, no he podido. - Una vida sin ti, no tiene sentido, pro favor, mátame de la única manera posible. Por favor, como último deseo, coge mi corazón. Si muero, quiero que seas tu la causa, por favor. Nuestras miradas se cruzaron una última vez, nuestras manos se rozaron una última vez al pasarte de mano el cuchillo con el cual empuñaría mi muerte. Elevaste la mano y clavaste fuertemente el puñal en mi corazón y al atravesarme por completo, lo giraste hacia la izquierda y lo arrancaste de mi pecho. Aún palpitante lo cogiste en tu mano y lo colocaste encima del tuyo. Por última vez, nuestros labios se rozaron, por última vez nuestros cuerpos se rozaron por última vez escuchamos unas palabras de los otros. -Gracias, te quiero. susurré. - No más que yo mi vida, perdóname.
Me desplomé sobre su cuerpo, y nuestras manos se agarraron fuertemente. De algún modo, aun sin entender por que lo hizo, morimos juntos. Estábamos muertos. Él nos mató, pero como siempre. Lo que tu decidas estará bien, cualquier cosa que hagas, te apoyaré, a dondequiera que vallas, te seguiré. Por una simple y llana razón.
Me gusta TT^TT me gusta mucho *w*
ResponderEliminar*_*
ResponderEliminarSi? :3 se me ocurrió el anoche xDD espontáneo
ResponderEliminarEscribes muy bien, mucho!
ResponderEliminarLo sanguinolento/violento pueden ser modos y modas como temas de relatos;
los contenidos de dolor, heridas, sumisión y resignación son otra cosa...
mas inquietante...
Escribe siempre!
disfrutaré de ti siempre! ML